Desde Los Alcarrizos hasta el cielo del Bronx: Angurria pinta la historia de la diáspora dominicana
Con un mural de más de 260 pies de altura, el artista dominicano convierte la imagen de una mujer con rolos en un homenaje a las madres, las familias migrantes y las comunidades latinas que han contribuido a construir

NUEVA YORK.– Antes de elevarse sobre los edificios del Bronx y convertirse en una imagen monumental que domina el paisaje urbano, la mujer que hoy mira a Nueva York desde 29 pisos de altura vivía en la memoria de un barrio dominicano. Tenía rolos en el cabello, como tantas mujeres que acudían al salón de belleza de una madre que peinaba a sus vecinas en Los Alcarrizos, entre conversaciones cotidianas, sueños familiares y esperanzas de un futuro mejor.
De aquel universo cercano, familiar y profundamente dominicano nació una imagen que ahora se abre paso entre los rascacielos de Nueva York. Su creador, el artista visual Néstor Omar García, conocido como Angurria, está dando los toques finales a un mural de más de 260 pies de altura en Morrisania Air Rights Houses, un complejo de viviendas públicas de la Autoridad de Vivienda de la Ciudad de Nueva York (NYCHA), ubicado en la calle 158 y Park Avenue, en el sur del Bronx.
La obra, titulada Un MAR de Gente / From Every Shore, trasciende las dimensiones de una intervención artística. En una ciudad donde millones de historias migrantes se cruzan a diario, la imagen se levanta como un reconocimiento a quienes dejaron su tierra para buscar oportunidades, construir hogares y abrir caminos para las generaciones que vinieron después.
La mujer de los rolos no necesita una bandera para representar su origen. Su presencia, sus raíces y la familiaridad de su imagen evocan una identidad que muchos dominicanos reconocen al instante: la de las madres, tías, vecinas y abuelas que forman parte de la memoria afectiva de una comunidad extendida a ambos lados del Atlántico.
«Mi mamá peinaba a las mujeres del barrio en rolos. Hoy una de ellas está mirando al Bronx desde 29 pisos de altura. Esto no es mío: es de cada familia dominicana y latina que ha levantado esta ciudad», expresó Angurria.
En esa declaración se encuentra el corazón de la obra. Lo que comenzó como una referencia a la cotidianidad de un salón de belleza en Los Alcarrizos adquiere ahora una dimensión colectiva. La figura representa a una mujer, pero también a miles de historias que rara vez ocupan un lugar tan visible en el paisaje de una de las principales metrópolis del mundo.
Un pedazo de Quisqueya en el horizonte neoyorquino
El Bronx no es un territorio ajeno a la identidad dominicana. Durante décadas, sus calles han acogido a familias procedentes de distintos puntos de la República Dominicana, muchas de ellas vinculadas al comercio, la gastronomía, la música, los servicios, las artes y otras actividades que forman parte de la vida cotidiana de Nueva York.
En ese contexto, el mural de Angurria establece un diálogo entre el lugar de origen y el de destino. La imagen que emerge sobre el complejo residencial conecta la experiencia de quienes emigraron con la de sus hijos y nietos, nacidos o criados en Estados Unidos, que buscan mantener vivos los vínculos con la cultura de sus familias.
Para la diáspora, encontrarse con una referencia reconocible de su identidad en una fachada de semejante magnitud supone mucho más que contemplar una obra de arte. Es ver representada una parte de su historia en el espacio público, sin necesidad de traducir sus códigos culturales para hacerlos comprensibles.
Los rolos, un elemento cotidiano de la estética de muchas mujeres dominicanas y caribeñas, adquieren aquí una dimensión monumental. Lo familiar se convierte en símbolo; lo barrial, en patrimonio visual; y una memoria doméstica se proyecta hacia una ciudad que ha sido construida también por generaciones de inmigrantes.
La obra supera, además, el récord nacional que ostentaba el mural de la artista alemana MadC en la torre Excel Miami, cuya sección principal alcanza los 245 pies de altura. Con más de 260 pies, la intervención de Angurria se posiciona como el mural más alto de Estados Unidos, de acuerdo con los datos suministrados sobre el proyecto.
De Los Alcarrizos a la escena internacional
La trayectoria de Angurria ayuda a comprender cómo una imagen arraigada en la cultura popular dominicana ha llegado a ocupar un espacio de semejante dimensión.
Con más de 25 años de experiencia como director de arte, ilustrador y muralista, el creador ha desarrollado un lenguaje visual que combina identidad, memoria y referencias culturales. Su reconocida serie Doña Patria, dedicada a la mujer dominicana, constituye una de las expresiones más representativas de esa búsqueda artística.
Su trabajo también ha trascendido las fronteras nacionales. Junto a la Embajada de la República Dominicana, pintó el primer mural dominicano en Washington D. C.; en Kingston, Jamaica, realizó una obra dedicada a la hermandad entre ambos países. Asimismo, ha colaborado con la película In the Heights, la cineasta Ava DuVernay, las Grandes Ligas de Béisbol (MLB), Adidas y Royal Caribbean.
En el mural del Bronx, esa experiencia converge en una propuesta que no separa lo dominicano de lo universal. La historia de una madre, de un barrio y de una mujer que se prepara para salir a la calle se transforma en una representación de la migración, la pertenencia y la contribución de las comunidades latinas a la vida estadounidense.
Una obra dominicana construida a gran escala
El proyecto fue comisionado por Art Bridge y financiado por MAC Cosmetics. Su producción estuvo a cargo de Monumenta.do, productora especializada en arte público de gran escala perteneciente a Grupo EPREIl, empresa creativa dominicana dirigida por Venus Patricia Díaz y cofundada por el propio Angurria.
La participación de una estructura creativa dominicana en la realización de una obra de estas dimensiones también pone de relieve el alcance que pueden tener los profesionales del país en escenarios internacionales, mediante proyectos que vinculan arte, espacio público e identidad cultural.
Mientras Angurria completa los últimos detalles de la pintura, la mujer de los rolos ya ocupa un lugar privilegiado en el horizonte del Bronx. Su presencia recuerda que las grandes historias de una ciudad no siempre nacen en sus edificios más famosos ni en los espacios tradicionalmente asociados al poder y al prestigio.
A veces comienzan en un salón de belleza de Los Alcarrizos, en las manos de una madre que peina a las mujeres de su comunidad y en una imagen que, sin proponérselo, termina acompañando a todo un pueblo.
Ahora, desde 29 pisos de altura, esa mujer parece contarles a los neoyorquinos una historia que los dominicanos conocen bien: la de quienes cruzaron fronteras sin desprenderse de sus raíces y encontraron la manera de llevar consigo una parte de su hogar.
En el cielo del Bronx, la identidad dominicana no aparece como un recuerdo distante. Se convierte en presencia, color y memoria compartida. Y en cada rostro que reconozca esos rolos, en cada familia que se detenga a contemplar el mural y en cada joven de la diáspora que descubra allí una señal de su origen, la obra encontrará una nueva forma de permanecer viva.
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