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Entrevistas

Claudia Agramonte: ¿estamos comunicando para aportar o simplemente para hacernos virales?

Para Agramonte, existe una regla que no debería negociarse: la verdad no puede sacrificarse por la presión de generar contenido viral.

Redacción RD NoticiaMartes, 18 de agosto de 2026 · 7 min de lectura
Agramonte ofreció esas informaciones al ser entrevistada por los comunicadores David Ruiz y Rosa Escoto en el programa “Gente RD TV”, transmitido por la plataforma digital El Nuevo Diario TV.
Agramonte ofreció esas informaciones al ser entrevistada por los comunicadores David Ruiz y Rosa Escoto en el programa “Gente RD TV”, transmitido por la plataforma digital El Nuevo Diario TV. — El Nuevo Diario

SANTO DOMINGO.- Nunca había sido tan fácil comunicar. Un teléfono celular, una conexión a internet y una cuenta en redes sociales son suficientes para convertir una opinión en contenido y, en cuestión de segundos, alcanzar a miles de personas.

Pero esa democratización de la comunicación también ha abierto una pregunta incómoda: ¿estamos comunicando para aportar o simplemente para generar un “view”?

La interrogante fue planteada durante una conversación con la experta en comunicación estratégica Claudia Agramonte, quien advierte sobre una transformación que está llevando a comunicadores, instituciones y ciudadanos a competir por la atención en un escenario donde la indignación, la confrontación y el contenido sensacionalista parecen tener ventaja sobre los mensajes responsables.

Agramonte ofreció esas informaciones al ser entrevistada por los comunicadores David Ruiz y Rosa Escoto en el programa “Gente RD TV”, transmitido por la plataforma digital El Nuevo Diario TV.

Agramonte sostiene que la comunicación no debe reducirse al acto de publicar. Toda comunicación debe tener un propósito, ya sea informar, persuadir o generar un cambio de perspectiva. El problema aparece cuando se comunica simplemente por comunicar o cuando el objetivo principal termina siendo conseguir la mayor cantidad posible de visualizaciones.

Cuando el algoritmo premia la confrontación

La sociedad vive, según la especialista, en una época de democratización de los medios, un fenómeno que considera positivo porque permite que más personas tengan acceso a espacios para expresarse.

Sin embargo, esa democratización también ha traído efectos negativos.

En la llamada “sociedad del view”, explica, un contenido responsable y objetivo puede tener dificultades para competir con aquellos que apelan a las emociones, la indignación, el amarillismo o la confrontación.

La escena se repite: discusiones en cámara, descalificaciones, denuncias extravagantes y enfrentamientos que terminan convertidos en clips diseñados para circular en las redes.

El problema, plantea Agramonte, es que la búsqueda del contenido viral puede desplazar la responsabilidad de comunicar.

Y ahí surge uno de los grandes dilemas de la comunicación contemporánea: cuando el algoritmo premia aquello que provoca una reacción inmediata, ¿qué ocurre con los contenidos que requieren contexto, análisis y reflexión?

La verdad no puede esperar al “view”

Para Agramonte, existe una regla que no debería negociarse: la verdad no puede sacrificarse por la presión de generar contenido viral.

La velocidad de las redes sociales, lejos de justificar la improvisación, exige mayor responsabilidad. Antes de publicar, sostiene, hay que verificar la información, validar las fuentes y preguntarse qué se está aportando realmente.

El llamado es especialmente relevante para los periodistas, debido a la responsabilidad que implica comunicar desde un medio de comunicación, pero también alcanza a cualquier ciudadano que comparte información desde sus plataformas.

La experta propone una pausa antes de publicar: comprobar si la información es cierta, si la fuente fue validada y si aquello que se está difundiendo aporta algo a la conversación pública.

En tiempos en que cinco segundos pueden separar una publicación responsable de una equivocación viral, detenerse también es una forma de comunicar.

No todo desacuerdo es discurso de odio

Otro de los desafíos aparece en la forma en que se manejan las diferencias.

Agramonte llama a distinguir entre disenso y discurso de odio. En una sociedad democrática, explica, no es necesario estar de acuerdo con todos. El desacuerdo forma parte de la convivencia.

El límite aparece cuando el lenguaje abandona la crítica y comienza a descalificar, estigmatizar o llevar el debate hacia posiciones extremas.

Las palabras, recuerda, tienen consecuencias: pueden movilizar y construir, pero también pueden destruir.

La advertencia adquiere especial relevancia en debates sensibles donde las emociones pueden imponerse sobre los argumentos y convertir una diferencia de opinión en una confrontación personal o colectiva.

Los “valientes del teclado”

La responsabilidad, sin embargo, no termina en los medios.

En las redes sociales, Agramonte identifica otro fenómeno: los llamados “valientes del teclado”, personas que detrás de una pantalla se sienten con la libertad de decir expresiones que posiblemente no pronunciarían frente a quien las recibe.

La especialista llama la atención sobre una contradicción: mientras los adultos educan a los niños para que no hagan bullying, muchos reproducen esa misma conducta contra otras personas a través de las plataformas digitales.

Para Agramonte, que una persona sea influencer o figura pública no significa que deba aceptar cualquier tipo de agresión.

El espacio digital no elimina la responsabilidad sobre las palabras.

Cuando el comunicador se convierte en noticia

La presión por generar contenido también está modificando el papel de algunos comunicadores.

Agramonte cuestiona que los enfrentamientos entre panelistas y las discusiones dentro de los estudios hayan llegado a convertirse en parte del espectáculo.

El comunicador, advierte, corre el riesgo de abandonar su papel para convertirse él mismo en protagonista de la noticia.

La pregunta vuelve a aparecer: ¿se está informando o se está construyendo un espectáculo alrededor de quien informa?

La viralidad puede convertir una discusión en tendencia, pero una tendencia no necesariamente equivale a información de calidad.

La inteligencia artificial y el reto de no dejar de pensar

En medio de esta transformación aparece la inteligencia artificial.

Agramonte no plantea rechazarla. Por el contrario, considera que es necesario aprender a utilizarla, pero bajo criterios profesionales.

El desafío consiste en lograr un “matrimonio sin divorcio” entre la herramienta tecnológica y la capacidad humana de pensar.

La inteligencia artificial puede apoyar procesos de comunicación, pero, en su planteamiento, no sustituye el pensamiento crítico ni la humanización.

El riesgo, entonces, no está solamente en que una máquina produzca contenido, sino en que las personas dejen de cuestionar, verificar y analizar aquello que reciben o difunden.

Comunicar también es gestionar

La reflexión de Agramonte también alcanza la comunicación gubernamental.

Su planteamiento parte de una idea contundente: “Todo acto de comunicación es un acto de gestión”.

Las instituciones, sostiene, deben dejar atrás una comunicación limitada a la emisión de notas de prensa y avanzar hacia una estrategia proactiva, transparente, oportuna y responsable.

El ciudadano debe estar en el centro de esa comunicación.

No se trata simplemente de publicar aquello que luce bien, sino de preguntarse si realmente tiene importancia para la población y cómo puede explicarse de manera comprensible.

Cuando una institución deja un vacío comunicacional, advierte, ese espacio termina siendo ocupado por rumores, suposiciones y ruido.

Una buena comunicación no puede maquillar una mala gestión

Pero comunicar bien tampoco significa esconder una mala gestión.

Agramonte rechaza la idea de que la comunicación sea una “varita mágica” capaz de resolver los problemas derivados de una administración deficiente.

La gestión y la comunicación deben avanzar juntas: una buena gestión mal comunicada puede verse afectada, pero una mala gestión tampoco puede ser salvada indefinidamente mediante relaciones públicas.

La comunicación, en ese sentido, no debería utilizarse para maquillar la realidad, sino para explicar, transparentar y rendir cuentas.

La crisis se enfrenta antes de que llegue

Para la experta, una institución que espera a que la crisis estalle para comenzar a pensar cómo responder ya llega tarde.

“La mejor crisis es la que se evita”, sostiene.

La preparación implica identificar riesgos, elaborar mapas de posibles escenarios, establecer mensajes clave, definir un comité de crisis y determinar previamente quién será el vocero.

Cuando la crisis llega, explica, no hay tiempo para improvisar.

Y si la institución no responde oportunamente, el vacío vuelve a llenarse de especulaciones.

Escuchar antes de responder

Al final de la conversación, la discusión sobre comunicación estratégica termina desembocando en una habilidad aparentemente sencilla, pero cada vez más difícil: escuchar.

Agramonte plantea que las personas son seres emocionales, pero que las emociones no deben dominar la comunicación.

Muchas veces, dice, se responde antes de escuchar realmente lo que la otra persona quiso expresar.

Por eso, su recomendación trasciende los medios, las instituciones y las redes sociales: comunicar con empatía, escuchar y no reaccionar automáticamente desde la emoción.

Y quizás ahí esté la respuesta a la pregunta que atraviesa toda esta reflexión.

En una época en la que un “view” puede convertirse en moneda de popularidad, influencia y poder, comunicar responsablemente significa resistir la tentación de sacrificar la verdad por cinco segundos de viralidad.

Porque al final, más importante que cuántas personas vieron un contenido debería ser qué dejó ese contenido en quienes lo vieron.

¿Estamos comunicando para aportar o simplemente para generar un “view”?

La respuesta también define qué tipo de comunicación queremos construir.

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